NUESTRO HÁBITO

Los Estatutos en su artículo 51 definen claramente la composición de su hábito procesional:

 

Capirote color marrón, con el emblema de los santos lugares en el pecho. Medalla con los emblemas de la Orden Franciscana Seglar en el anverso y el de los Santos Lugares en el reverso con el cordón de color blanco, Túnica de color marrón, Cordón franciscano,  Esclavina Franciscana los niños y los adultos -cuando no se use el capirote- color marrón, con el emblema de los Santos Lugares bordado en el pecho. Calcetines de color negro, Zapatos negros o sandalias marrones, en éste caso sin calcetines.

 

                     

 

Todos los hermanos/as de la cofradía llevarán la medalla con acabado color plata, exceptuando los hermanos/as miembros del consejo de gobierno que la llevarán con acabado de color dorado.

 

          

 

Pero quizás más importante que la composición del hábito procesional, sea el origen de dicho hábito, para lo cual nada mejor que remontarnos a la crónica que del propio San Francisco hizo por mandato del Papa Gregorio, uno de sus discípulos y principales biógrafos, Tomas de Celano,:

 

San Francisco

Cuenta Celano como vendidas todas las cosas en la ciudad de Foligno, despreció el dinero recibido y no pudiendo tolerar el tener que llevar consigo una hora más aquel dinero, corre presuroso para deshacerse de él. Regresando hacia Asís, dio con una iglesia, próxima al camino, que antiguamente habían levantado en honor de San Damián, y que de puro antigua amenazaba ruina inminente. Acercóse a ella y, hallando allí a un sacerdote pobre, besó con gran fe sus manos sagradas, le entregó el dinero que llevaba y le explicó ordenadamente cuanto se había propuesto. Asombrado el sacerdote y por temor de ser engañado, no quiso recibir el dinero ofrecido. Francisco le suplica que lo acepte y le permita vivir con el, por fin, el sacerdote se avino a que se quedase en su compañía. Mientras su padre busco con ahínco a su hijo pero este se esconde en una cueva bien disimulada que para esto él mismo se había preparado donde llegó a permanecer por un mes seguido, no atreviéndose a salir apenas, sino en caso de estricta necesidad. Y orando, bañado en lágrimas, pedía continuamente a Dios que lo librara de las manos de los perseguidores de su vida y que con su gracia diera benignamente cumplimiento a sus santos propósitos. Armándose con el escudo de la fe y fortalecido con las armas de una gran confianza para luchar las batallas del Señor, se encaminó hacia la ciudad, y, ardiendo en fuego divino, se reprochaba a sí mismo su pereza y poco valor. En cuanto lo vieron quienes lo conocían, al comparar lo presente con lo que había sido, se desataron en insultos, saludándolo como a loco y demente y arrojándole barro y piedras del camino, llegó esta fama a oídos de su propio padre. Al oír éste el nombre de su hijo, se levantó en seguida y se lanza como el lobo sobre la oveja, y, mirándolo fieramente y con rostro amenazador, lo apresa entre sus manos, y, sin respeto ni decoro, lo mete en su propia casa. Lo tuvo encerrado durante muchos días en un lugar tenebroso, pensando doblegar la voluntad de su hijo, primero, a base de razonamientos, y luego, con azotes y cadenas. Mas el joven salía de todo esto más decidido y con más vigor para realizar sus santos propósitos, y no perdió la paciencia ni por los reproches de palabra ni por las fatigas de la prisión. Teniendo su padre que ausentarse de casa por algún tiempo a causa de urgentes asuntos familiares, su madre, rompió las ataduras y lo dejó libre para marchar. Él, dando gracias a Dios todopoderoso, volvió al instante al lugar donde había permanecido anteriormente.

En el ínterin retorna el padre, y, no encontrándolo, se desahoga en insultos contra su mujer, sumando pecados sobre pecados. Bramando con gran alboroto, corre inmediatamente al lugar con el propósito, si no le es posible reducirlo, de ahuyentarlo, al menos, de la provincia. Mas como el temor del Señor es la confianza del fuerte, apenas el hijo de la gracia se apercibió de que su padre según la carne venía en su busca, decidido y alegre se presentó ante él y con voz de hombre libre le manifestó que ni cadenas ni azotes le asustaban lo más mínimo. Y que, si esto le parecía poco, le aseguraba estar dispuesto a sufrir gozoso, por el nombre de Cristo, toda clase de males.

Ante tal resolución, convencido el padre de que no podía disuadir al hijo del camino comenzado, pone toda su alma en arrancarle el dinero. El varón de Dios deseaba emplearlo todo en ayuda de los pobres y en restaurar la capilla; pero, como no amaba el dinero, no sufrió engaño alguno bajo apariencia de bien, y quien no se sentía atado por él, no sé turbó lo más mínimo al perderlo. Por esto, habiéndose ya encontrado el dinero que el gran despreciador de las cosas terrenas y ávido buscador de las riquezas celestiales había arrojado entre el polvo de la ventana, se apaciguó un tanto el furor del padre y se mitigó algo la sed de su avaricia con el vaho del hallazgo. Después de todo esto, el padre lo emplazó a comparecer ante el obispo de la ciudad, para que, renunciando en sus manos a todos los bienes, le entregara cuanto poseía. A nada de esto se opuso; al contrario, gozoso en extremo, se dio prisa con toda su alma para hacer cuanto se le reclamaba.

Una vez en la presencia del obispo, no sufre demora ni vacila por nada; más bien, sin esperar palabra ni decirla, inmediatamente, quitándose y tirando todos sus vestidos, se los restituye al padre. Ni siquiera retiene los calzones, quedando ante todos del todo desnudo. Percatándose el obispo de su espíritu y admirado de su fervor y constancia, se levantó al momento y, acogiéndolo entre sus brazos, lo cubrió con su propio manto. Comprendió claramente que se trataba de un designio divino y que los hechos del varón de Dios que habían presenciado sus ojos encerraban un misterio. Estas son las razones por que en adelante será su protector. Y, animándolo y confortándolo, lo abrazó con entrañas de caridad.

Cubierto de andrajos, marchaba por el bosque cantando en lengua francesa alabanzas al Señor; de improviso caen sobre él unos ladrones. A la pregunta, que le dirigen con aire feroz, inquiriendo quién es, el varón de Dios, les responde: «Soy el pregonero del gran Rey; ¿qué queréis?» Ellos, sin más, le propinaron una buena sacudida y lo arrojaron a un hoyo lleno de mucha nieve, diciéndole: «Descansa, rústico pregonero de Dios». Él, revolviéndose de un lado para otro, sacudiéndose la nieve -ellos se habían marchado-, de un salto se puso fuera de la hoya, y, reventando de gozo, comenzó a proclamar a plena voz, por los bosques, las alabanzas del Creador de todas las cosas.

Así llegó, finalmente, a un monasterio, en el que permaneció varios días, sin más vestido que un tosco blusón, trabajando como mozo de cocina, ansioso de saciar el hambre siquiera con un poco de caldo. Y al no hallar un poco de compasión, y ante la imposibilidad de hacerse, al menos, con un vestido viejo, salió de aquí no movido de resentimiento, sino obligado por la necesidad, y llegó a la ciudad de Gubbio, donde un antiguo amigo le dio una túnica. Como, pasado algún tiempo, se extendiese por todas partes la fama del varón de Dios y se divulgase su nombre por los pueblos, el prior del monasterio, recordando y reconociendo el trato que habían dado al varón de Dios, se llegó a él y le suplicó, en nombre del Salvador, le perdonase a él y a los suyos.

 

 

Iglesia Parroquial de la Inmaculada (PP. Franciscanos)
Pº de Zorrilla, 25-27 (47007 – Valladolid)
cofradia@ofscruzdesnuda.com